Saint-Exupéry (treinta y siete)




TREINTA y SIETE


Tardan demasiado… —dijo la mujer gorda al anciano.
—Es que a veces hay cosas que el destino depara a los seres humanos que son imposibles de acotar en tiempos. Si es lo que yo pienso —dijo el viejo con la mirada perdida en la luz que ingresaba por la ventana que daba al jardín— ellos deben charlar bastante… sí… bastante… largo y tendido…
—¿Qué supone usted?
—Mi suposición no importa ahora. Si estoy en lo cierto habrá novedades, desenlaces, ese tipo de cosas que suceden cuando la vida gira imprevistamente y sorprende a todos, incluso a los dueños de esas vidas.
La mujer gorda se encogió de hombros, tomó la pava, la llenó de agua y la puso a calentar en la cocina.
—Tengo miedo por Lourdes —dijo ella en susurros. Es tan joven, se la ve tan frágil…
—Es fuerte  —sentenció el anciano. No se preocupe, es una niña fuerte por dentro. Basta verla un momento para poder palpar su fortaleza interior.

Continuaron tomando mates por un rato, casi sin cruzar palabras, cada uno ensimismado en sus pensamientos, alejados de sus presencias individuales.
Al llegar el mediodía la mujer gorda tomó su cartera y se despidió del anciano. Volvió caminando al hotel. Allí tomó una ducha y se dispuso a encontrar un bar o restorán para almorzar. Recorrió unas cuantas cuadras, y a pesar de ver algunos sitios abiertos no lograba decidirse. En ese aspecto ella era muy selectiva, tal vez demasiado. Le gustaba almorzar en el sitio justo, ideal, en donde pudiera sentirse cómoda, bien atendida, y si era posible sin ese bullicio ensordecedor que algunos comensales generan. Caminaba pensando en Lourdes, en qué menú pediría para el almuerzo, y sobre todo analizando hacia donde estaba llevándola todo el asunto de la búsqueda de la esencia de Lourdes. En su fuero íntimo sabía que algo estaba a punto de acontecer. Era una sensación que ella no podía describir, ni siquiera con pensamientos lograba esbozarla, pero que a nivel espiritual la desbordaba y le agitaba el corazón. Sentía emoción por todo lo que estaba sucediendo. Esteban era para ella una verdadera incógnita, pero a la vez representaba una especie de llave que seguramente abriría la puerta y dejaría entrar luz a la vida de su adolescente amiga. Finalmente entró en un bar pequeño, con fachada triste, en donde un mozo sexagenario atendía y servía en las mesas, y un cajero calvo y de diminuto bigote estaba apostado en una banqueta alta mirando televisión. Había pocas personas en el lugar, un par de parejas y un par de solitarios. La carta no tenía un número muy amplio de comidas por lo que optó por pedir algo clásico: milanesas, papas fritas y una gaseosa. Una vez el mozo tomó su pedido la mujer gorda sacó del bolso una agenda. La abrió de par en par y allí, como si estuviera dormida y olvidada, estaba la fotografía del padre de Lourdes, esa misma que habían encontrado en la vieja hostería abandonada del pueblo. Por un instante toda la atención de la mujer gorda fue atrapada por aquella fotografía. Miraba fijamente a aquel hombre desconocido para ella y muchos pensamientos se arremolinaron en su mente. No podía aceptar que un hombre fuera capaz de semejante daño a sus hijos. Tener una doble vida probablemente es uno de los actos más crueles a los que un hijo pueda someterse. La pequeña Lourdes sin saberlo era víctima de ello, sin casi dudarlo la mujer daba por sentado aquello. Cerró la agenda cuando el mozo llegó a la mesa con su pedido. Comió despacio, bebió toda la gaseosa, y de postre pidió helado. Una vez terminado el almuerzo pagó la cuenta, tomó su cartera, y al salir a la vereda el fuerte sol de la siesta impactó directamente en sus ojos. Haciéndose visera con la mano miró la calle en ambas direcciones. Dudaba de qué rumbo tomar. Si retornaba al hotel la incertidumbre y la espera carcomerían sus nervios. Si iba a casa del anciano seguramente pondría intranquilo al hombre, o tal vez éste no estuviera allí y sí en su carnicería. En definitiva sintióse perdida por un instante, hasta que finalmente decidió caminar sin rumbo. Las calles desoladas parecían no tener fin. Todo el mundo se había retirado a dormir la siesta, algo típico en las ciudades del interior del país. Solo algún que otro taxi o remisse pasaba por la calle a la caza de algún pasajero. De tantas vueltas que dio terminó encontrando el rumbo a la vieja iglesia. Camino a paso cansino. Una vez allí, decidió entrar y hablar con Dios.

Arrodillada, con la cabeza baja y de frente al Cristo crucificado, la mujer gorda rezó durante un buen rato. Las palabras salían susurradamente de su boca  tras un movimiento imperceptible de sus labios. Una vez finalizado el rezo se quedó de rodillas, en silencio, con los ojos cerrados tratando de poner la mente en blanco. Enseguida un recuerdo la abordó y la estremeció: era la hora de la siesta de un otoño casi invernal. Estaba ella recostada en una cama descansando mientras observaba, gracias a un generoso rayo de sol, las motas de polvo en suspensión que flotaban en la habitación. Se sentía enamorada de aquel muchacho que había sido primeramente su empleado y luego su gran amor. Era feliz. Su mente no tenía límites en cuanto a felicidad. Observaba con detenimiento el ir y venir de las motas de polvo imaginando que allí, justo dentro de aquella habitación, en ese instante de su vida, el tiempo parecía acotado. En realidad ella quería acotarlo. Si hubiese tenido la posibilidad de encerrar aquel momento de tiempo en un frasco lo hubiera hecho. Deseaba con todo su corazón no dejarlo escapar. La felicidad es algo que todos, tarde o temprano, queremos atraer y jamás dejar escapar. Sin embargo, mientras más intensa se hacía la luz del sol las motas se movilizaban más a prisa, como enrarecidas por la acción del sol, y enseguida comenzaron a desaparecer de su vista, ya no podía verlas, lentamente habían desaparecido. Entonces se encogió en la cama hasta lograr una posición fetal y rompió en llanto. Temió por su felicidad, por su amor, por aquello tan hermoso que estaba viviendo. No deseaba perderlo, sin embargo deducía que era imposible atrapar el tiempo, que por más que lo desease con todas sus fuerzas el tiempo haría de las suyas, y el destino, y tal vez el Dios al cual ella nunca le creyó, se encargarían de sellar su suerte. El llanto duró un buen rato hasta quedarse dormida. Al despertar, vio sentado en la punta de la cama a su amado, observándola en silencio. Al verlo sonrió. Sintió que el corazón le desbordaba de alegría, pero inmediatamente el recuerdo del llanto y las motas de polvo le sobrevinieron y su corazón dio un respingo y se aceleró, como se aceleran los corazones cuando el miedo se apodera de ellos. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas y la sonrisa se esfumó de sus labios. Él, que la observaba con cariño, se acercó y la abrazó en silencio, sin saber siquiera el porqué del llanto. Tal vez supuso que así son las mujeres, que hay momentos en los cuales su sensibilidad las lleva a lagrimear y a sentirse indefensas y expuestas. Solo se quedó abrazándola y dándole diminutos besos en su cabeza. Ella sentía que la felicidad estaba allí, en los brazos de aquel hombre. Jamás había imaginado que aquello pudiera sucederle. Siempre pensó que el amor no estaba hecho para ella. Escuchaba a sus amigas hablar de amor, de sexo, de comprensión, de protección, pero para ella solo eran palabras que dibujaban un boceto bonito de algo desconocido y jamás probado. Pero en ese instante, en aquel abrazo, todo aquello parecía real y vívido, como jamás nunca lo imaginó. Su llanto cesó. Llegaron los besos, las caricias, y finalmente hicieron el amor.
Ahora, arrodillada en el banco de la iglesia, con sus ojos cerrados y su mente completamente en blanco, sabía perfectamente que la felicidad puede mantenerse por instantes, así, como las motas de polvo en suspensión; pero que así como el aire o el sol movilizan las motas y las hacen desaparecer de la vista, el amor y la felicidad también desaparecen. Tras persignarse se sentó en el banco de madera. Observó detenidamente el interior de la iglesia, palpó el silencio y lo sopesó. Respiró hondo y un suspiro se escapó de su pecho. El suspiro de quienes han sufrido al menos una vez en sus vidas por amor. Tras salir de la iglesia la hora de la siesta había pasado y ya se veía movimiento en las calles. La ciudad parecía despertar del letargo de aquella siesta. Decidió ir hasta la casa del anciano nuevamente.

No eran más de las cinco de la tarde cuando llegó a casa del anciano. Abriendo la puerta de reja muy despacio se adentró en el jardín de la casa. Tras tocar la puerta el anciano abrió inmediatamente y aquel, el cual hacía muy poco que la conocía, se puso muy feliz de que ella estuviera de regreso pronto.
    ¿Ha sabido algo de ellos? —preguntó la mujer.
El anciano solo se limitó a mover con gesto negativo su cabeza y siguió organizando los accesorios de cocina.
    Ya deberían haber regresado. Es tarde, ¿no le parece?
    No, no me parece tarde. Además son personas adultas, no necesitamos preocuparnos por ellos. Tanto esa chica como el muchacho saben perfectamente cuidarse, y seguramente hay mucho hilo para desenrollar —dijo el anciano.
El tiempo se desenvolvía con la lentitud de esos días que pasan lánguidos y desapercibidos. La mujer gorda miraba televisión, el viejo seguía organizando los utensilios de cocina, las conservas de la despensa, el cajón de los cubiertos. Afuera el sol apaciguaba su intensidad. Un aire norteño cargado de humedad comenzaba a mover las hojas de las plantas del jardín. El ruido de los automóviles en la calle lentamente comenzaba a cesar. De algún modo la vida se había encargado de juntar en un mismo plano de tiempo y en un mismo lugar a un hombre y una mujer que no compartían nada en común, sino tan solo el fugaz paso de dos desconocidos por sus vidas, convirtiéndoles a ellos mismos en conocidos fugaces, personas que quiérase o no, por capricho del destino, debían de cruzar sus vidas con algún fin que ni siquiera ellos sabían.
Finalmente el viejo terminó con sus tareas y se sentó a la mesa. Sirvió un mate a la mujer gorda y se quedó contemplándola por un instante. En aquella mujer rozagante de vida había algo que a él lo retrotraía en el tiempo, en un túnel que hacia mucho ya no transitaba y que en su momento le había encantado pasearse. Ciertos rasgos de la mujer le traían a la mente los de su amada, los de esa mujer que un día despidió aun sabiendo que su corazón se iba con ella. El doloroso adiós del hombre enamorado es un alarido infernal que desgarra las carnes más apretadas, que calcina más rápidamente que el fuego de mil soles, y que acongoja más que la tristeza más añeja. La mujer gorda se sintió observada por el viejo y en sus pensamientos se preguntó por qué aquel hombre la miraba de esa manera. Pensó por un instante, de manera muy fugaz, que en aquella mirada había cierto aire a melancolía, a una tristeza cautivante de la cual él podía ser preso. Y sin estar equivocada extendió su mano, tomó la del anciano, y mirándolo a los ojos fijamente le sonrió. En la invisibilidad del gesto, en el poder que reside en el mismo, el anciano retornó como respuesta otra sonrisa, y un movimiento casi imperceptible en los dedos de su mano. La transmisión cálida entre los dedos de ambos hablaba más que mil palabras a la vez. En el silencio que ahora se presentaba en la cocina ambos permanecían expectantes, presos de sus pensamientos y recuerdos.

El sonido de unos timbrazos cortó el silencio como con un filoso bisturí. Apenas entreabrió sus ojos Marina notó la ausencia de Esteban. Volvieron a sonar los timbrazos, ahí se percató ella que era el teléfono de la mesa de luz. Tomó el aparato, lo acercó despacio a su oído.
       ¿Diga?
       Buenos días señorita, ya es mediodía y no tenemos registrado que haya desayunado el día de hoy, ¿desea algo?, ¿está usted bien?
       Sí, perfectamente –respondió ella-, solo que he dormido demasiado. Inclusive mi pareja ha salido por lo que veo. Recién despierto.
       ¿Desea que le acerquemos algo a la habitación?
       No, gracias. Bajaré en un instante al bar a tomar un café cargado. Gracias.
Tras colgar el auricular acomodó un poco su cabellera, descorrió las sábanas y caminó en círculos por la habitación intentando recordar si Esteban antes de salir le había dicho algo. No pudo recordar nada. Enseguida estuvo cambiada y bajó al bar. Pidió un café fuerte, una medialuna, y lo bebió despacio, sin pensar en nada.
       ¿Señorita? —interrumpió una voz de hombre, baja y suave. Era el conserje del hotel—. Disculpe usted, su compañero al salir del hotel me ha dado esta nota para usted.
Con cierta reverencia y suavidad el joven hombre dejó la nota en mano de Marina y tras dar media vuelta se perdió en los pasillos del hotel. Marina, que aun seguía despertándose de las tantas horas dormidas, abrió la nota y la leyó velozmente. Esteban había salido a caminar, tras no poder dormir, pensando seguramente en la maraña de caminos que su propia vida le iba entrecruzando delante de los ojos. Terminó de beber el café, arrugó la nota con su mano y la dejó en el cenicero cercano. “Debo encontrar a Esteban…”, se dijo, y tras subir a la habitación y buscar su cartera salió a la calle. La luz del mediodía parecía flechar sus ojos. El ruido de automóviles y motocicletas a la hora del cierre de comercios y bancos se hacía ensordecedor. Aquella calle que en casi todas las horas del día parecía adormilada ahora se asemejaba a un loquero, con un ruiderío ensordecedor, bajo los rayos de un sol que, a modo de ser despiadado, atentaba contra las retinas aun somnolientas de sus ojos. Caminó un par de pasos por la vereda del hotel y fue ahí que sintió el ruido, seco, agudo. Luego el griterío, los bocinazos, una frenada cercana, otras más lejanas. En su mente se tejieron instantáneamente varias hipótesis de manera visual, también con palabras. Pero todas decantaban en la palabra “accidente”. Giró la cabeza y observó ya un grupo de personas paradas en la calle, en forma circular, más allá, a los pocos metros, un automóvil, con su parte frontal abollada, y vestigios de sangre manchando la pintura. La gente murmuraba, otros llevaban una mano a su boca.  La escena era clara: un accidente, en pleno horario pico, alguien muy herido. Pensó en seguir su rumbo, encargarse de sus cosas, buscar a Esteban, pero tras hacer un paso sintió la irresistible tentación de acercarse al lugar del hecho y enterarse qué había pasado. Al llegar la policía bordeó todo el perímetro con cinta y comenzó a retirar a todos los curiosos, sin embargo eran pocos policías para tanta gente. Marina logró acercarse bastante y observó a una muchacha delgada, bonita, un poco más alta que ella, tirada de lado en el pavimento. Un hilo de sangre salía de su nariz y recorría lentamente su cara hasta caer en gotitas diminutas al suelo. Los ojos de la chica estaban abiertos. Parecían buscar a alguien, no eran precisamente los ojos de una persona al borde de la muerte. Ella, la joven accidentada, apenas divisó a Marina entre la multitud le clavó la mirada y ya no la quitó. Marina se sintió intimidada. Detrás de aquella mirada había palabras, podía sentirlo. No sabía que palabras, qué mensaje, pero sentía la presencia de esa conexión que la joven había activado en sus ojos. Se hizo paso entre los curiosos y tras forcejear con un policía y zafar airosamente se acercó a la chica, cayó de rodillas a su lado y acercó su rostro:
      Dime, yo escucho.
La chica intentó hablar pero no pudo. Fue entonces que movió su mano un poco, con un gesto, un ademán que indicaba su cartera que estaba bajo su pierna. Marina tomó la cartera y volvió a mirar a la joven, la cual con un abrir y cerrar de ojos asentía la acción de la toma de la cartera. Marina abrió la cartera y la encontró totalmente vacía para su sorpresa, salvo por un único objeto, un viejo libro dentro. Tomó el libro, y al ver de qué se trataba sonrió.
    Saint-Exupéry —dijo Marina.
La joven sonrió y finalmente cerró los ojos.
La muerte sorprende con gracia, arrebata con sigilo, juega, se divierte, mima a sus elegidos. La muerte se encuentra agazapada para aparecer en cualquier segundo de una vida. Tan solo ella sabe cuál es el segundo elegido, el instante que ha seleccionado para aparecer ante los ojos de su víctima, para emerger del fondo de lodo y mostrarse monstruosamente delante del desdichado. No hay quien escape de ella. Es pacto del Dios o de los dioses. Nunca nadie ha podido escapar de ella. Tampoco lo hizo la joven del accidente. Marina besó la frente de la joven y un río lento de lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas. La expresión del dolor ajeno, del dolor por quien nos abandona, por quien ya no volveremos a ver en esta vida. Tomó el libro, lo metió en su cartera y tras pasar por debajo de la cinta policial se perdió entre el gentío que ahora se agolpaba por cientos al borde del accidente. Un policía tras subir el cuerpo de la joven a una camilla y taparla con la bolsa mortuoria grita a su colega, le indica que la joven no lleva documentación, que tan solo tiene como posibles rasgos identificadores muchos pírsines en su rostro.


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Saint-Exupéry (treinta y seis)




TREINTA y SEIS


Recuerdo que decidimos salir de la casa del viejo a caminar. Necesitábamos hacerlo. Creo que tanto Lourdes como yo sabíamos en el fondo de nuestra consciencia que debíamos hablar, pues presentíamos que había algo más que simple casualidad en nuestro encuentro, tal vez un algo que no era común, y que estaba ligado pura y exclusivamente a nosotros dos, a nuestras vidas, a nuestros correspondientes pasados, y que debíamos encontrar de una vez por todas. Faltaba poco para ser mediodía, el sol se posicionaba perpendicular sobre nuestras cabezas. Hacía calor. Caminábamos despacio, tomados de la mano. Muchas veces he intentado razonar aquel momento: me veo caminando sin hablar al lado de ella, tomándola de la mano, sin importarme si Marina pudiera verme, sin siquiera saber por qué la tenía tomada de la mano. Y por más que rebusqué respuestas en mi cabeza jamás encontré una que explicara aquello. Tan solo caminábamos tomados de la mano, como si ese simbolismo de unión fuera el proceso final de una fusión, de un rompecabezas que por fin lograba estar unido. De vez en cuando nos mirábamos de reojo. Si alguno sorprendía al otro haciéndolo entonces le sonreía. Contándolo así parecería que fuera una imagen cursi, un tanto atolondrada para dos personas que no tenían ningún tipo de relación más que una amistad remota, pero puedo asegurar que no lo era, sino que se trataba de completa honestidad e ingenuidad, de una expresividad primitiva que se escapaba de nuestros ojos y era transportada por el destello que lograba refulgir de nuestras miradas o de la mueca de sonrisa de nuestras bocas. Era un simbolismo auténtico, puro, del lenguaje universal que los seres humanos portamos en nuestro interior y se activa cuando menos lo pensamos, y es capaz de emitir señales poderosas y profundas de una manera primitiva y simple, para ser captadas por otro ser humano que las entiende, y recepta. Nosotros lo captábamos. No lo entendíamos, pero sé que lo captábamos.
Al llegar a la plaza observé los bancos disponibles para sentarnos, pero ninguno me convencía. Lourdes hacía lo mismo y tampoco emitió señal de que alguno la conformara. Entonces seguimos caminando, sin dirección, tan solo caminando. Cruzamos la calle, dejamos la plaza detrás de nosotros, y subimos a la vereda de la iglesia. Lourdes se detuvo. Alzó la mirada y contempló la iglesia con cierta admiración.
—Es hermosa, ¿cierto?
—Sí, lo es. Es simple, vieja, con sus años a cuestas, pero tiene la belleza de todos esos años acumulada sobre sus paredes. Es como si en cada metro cuadrado hubiera años de historia. Me pregunto cuántos ojos como los nuestros se habrán posado en ésta misma fachada desde el primer día que fue construída. Los objetos tienen ese don, ellos permiten que los observes y permanecen inmutables, tan solo atrapando los momentos mágicos en que las miradas de un ser vivo se posa sobre ellos ¿Qué harán después con esa energía?, no lo sé Lourdes, pero siempre pienso que permanece ahí, en el interior del objeto, como si fuera una onda de radio viajando a través del espacio.
—Lo has dicho en un modo bonito, Esteban. No podría haberlo definido mejor.
—Solo se trata de palabras. Creo que por más que uno intente expresar muchas cosas con palabras es difícil lograr definirlas. Cada uno le pone a esas palabras, a esa definición, su toque personal, lo que su mente y sentir le expresan a la acción de ver con sus ojos, percibir con su olfato, o palpar con su tacto. Supongo que así también actuamos antes las personas en nuestra vida.
—Sí. Algo así —dijo Lourdes.
Se hizo una pausa de silencio en la calle, sin automóviles que circularan, sin personas caminando.
— ¿Crees que Dios nos ha cruzado en la vida por algo en especial?
—Tal vez... ¿por qué no? Después de todo él debería ser quien maneja los hilos de todas las vidas de esta Tierra, ¿no? Sí, podría decir que él algo tiene que ver con este encuentro entre tú y yo. Pero todavía no sé qué es lo que quiere mostrarnos.
Aún nos sujetábamos de la mano. Mirábamos la fachada de la iglesia como si fuéramos dos niños contemplando algo colosal, jamás visto.
— ¿Quieres que entremos? —pregunté.
Ella tan solo asintió con un movimiento leve de su cabeza. Se lograba percibir en su rostro cuánto le llamaba la atención la iglesia. Subimos los escalones con paso cansino, sin prisa alguna. Abrimos despacio las pesadas hojas de la puerta de madera y nos adentramos hasta cerca del altar. Era una iglesia sencilla, con vitrales cargados de dibujos santos, bancos de madera antiquísimos, y un altar pequeño para la magnitud del salón. Lourdes me soltó la mano y tomó asiento en un banco. Dejó su mochila a su lado, se arrodilló y mirando fijamente la cruz comenzó a orar. Era un murmullo imperceptible. Por un instante pensé que en realidad le hablaba a Dios, le pedía cosas que no se animaba a pedir a viva voz, y que deseaba profundamente dentro de ella. La imité. Me arrodillé y miré la cruz. Mantuve mis ojos posados en el Cristo crucificado durante un instante y enseguida me sobrevino una sensación de alivio, de tranquilidad. Tuve pensamientos sobre Marina, sobre mi madre, sobre mi vida transcurrida en los últimos años. Así mismo pensé en Lourdes y en nuestro encuentro. Cada pensamiento se concatenaba con el anterior y así formaban una especie de película, hecha con trozos de vivencias que abordaban mi consciencia interior y la empujaban a ser expresiva. Miré de reojo a Lourdes, se mantenía en la misma posición, solo que ahora con los ojos cerrados, su frente apoyada sobre sus manos unidas, e inmóvil. No nos cansamos de pedirle a Dios por nuestra vida, pensé. Inmediatamente volví la mirada a la cruz, al Cristo, y también le pedí. Le hablé como si fuera mi amigo, alguien a quien conocía de toda la vida. Ni una palabra de hipocresía o falsedad se escribía en mi diálogo mental con él, tan solo le expresé lo que más deseaba, y le agradecí cuanto me había obsequiado en la vida.
Mientras nos manteníamos en silencio, cada uno concentrado en su charla con Dios, escuché el sonido de la puerta de la iglesia. Alguien había entrado y se sentó justo detrás de nosotros, muy cerca. Después de unos minutos, mis rodillas me dolían. Decidí sentarme. Lourdes seguía concentrada en sus oraciones, en su charla silenciosa con Dios. Volteé para ver quién era la persona que se había sentado detrás de nosotros, y el impacto de mi asombro ante lo que mis ojos veían fue inmenso. Allí, justo detrás nuestro, estaba sentada la chica de los pírsines, sonriente, luminosa, tal como siempre la recordaba, tal como la había visto días pasados. Al percatarme de su presencia la saludé sonriendo y levantando mi mano, no quería interrumpir ni distraer a Lourdes. Recuerdo haber tenido la sensación de un silencio cargado de paz en aquel instante. Me levanté despacio y me senté al lado de la chica. Hablamos en susurros:
—Parece que está en el destino vivir cruzándonos —le dije con una sonrisa.
—Así es. Tal cual, Esteban. Debemos cruzarnos.
—No puedo salir del asombro de esta casualidad ¿Ahora puedo pedir que los planetas se alineen y sucederá? —bromeé.
—Si lo pides con mucha fuerza tal vez...
—No creo tener tanta fuerza.
—No lo sabes. Hay que explorar la fuerza interior que uno tiene.
—En eso tienes razón —dije—, no obstante no gastaría mis fuerzas «concentradas» en alinear planetas.
— ¿Y en qué las usarías?
—Supongo que en resolver cosas de mi vida.
—Es un buen objetivo. Muchos deberían de concentrarse en gastar todas sus fuerzas en él.
—A la gente no le gusta gastar energías en las cosas que no ve. Lo hace en las cosas materiales. En lo que se ve a primera vista, en lo que llena la visual inmediatamente realizada la acción. Hago y obtengo, ese es el modo de ver la vida de muchos. Si no se «ve», entonces hay cierta frustración, cierto tedio a continuar accionando algo que tan solo retorna una conclusión vacía.
—Pero la riqueza está en eso, ¿no lo crees?, en perseverar y ser paciente. Los buenos frutos se obtienen con paciencia, Esteban.
—Lo sé... Dime, ¿cómo has llegado hasta ésta iglesia?
—Caminando —rió—, ¡no!, hablando en serio, salí a caminar esta mañana y deambulé tanto que cuando vi la iglesia quise venir y sentarme un rato.
—Aquí dentro hay paz —dije.
—Mucha. Pero no todos la perciben. Por más que muchas cosas te rodeen en este mundo y todos tengan la capacidad de percibirlas, solo un puñado de miles logra verlas y entenderlas.
—Es muy cierto eso. Es como escuchar una canción junto a un grupo de personas. Todas escuchan lo mismo pero a todas les parece sonar de un modo distinto. Lo llamativo es cuando a dos o tres sus oídos le indican que han escuchado algo similar, y sus conclusiones son parecidas. Es como que ahí, entre esas personas, hay más comunión que entre las otras.
—A pesar de nuestras diferencias y ser todos distintos hay algunos con los cuales «sincronizamos» mejor —dijo la chica de los pírsines.

Mientras hablábamos acomodaba su morral sobre sus piernas y miraba cada tanto a Lourdes.
—Lourdes sigue concentrada en su charla con Dios —dijo la chica de los pírsins.
—Sí, así parece. Creo que es una manera de descargar sus tensiones interiores, de apaciguar la furia interna por lo inexplicable y calmar, al menos un poco, el dolor.
—¿Tanto así le sucede?
—Es una historia larga de contar. Muy larga...
—Las historias tienen un principio y un fin, Esteban. Todos escribimos una historia en esta vida. De un modo u otro conformamos páginas en la historia de éste planeta. Por más insignificantes que en algún momento de nuestras vidas podamos sentirnos, todos somos importantes y escribimos un pedacito de historia. Ya pasará lo de Lourdes...
—Lo dices como sabiendo qué sucederá...
—En cierto modo lo sé.

Sonreí e hice un gesto de saberme que era broma.

—No es broma —dijo ella—, en cierto modo lo sé.

Fue entonces que Lourdes se sentó. Había dejado de orar. Ahora contemplaba la cruz, pero con sus ojos abiertos. Al rato se volvió hacia mí sonriéndome.

— ¿Con quién hablabas?
—Con ella —dije mientras volteaba mi cabeza de lado para señalar a la chica de los pírsines.

Y fue entonces que noté en el rostro de Lourdes su incomprensión, una incomprensión justificada, directa, palpable, pues a mi lado no había nadie. Giré la cabeza desesperadamente buscando en todas las direcciones. Nadie. Me paré y caminé rápido entre los bancos, a través del pasillo, recorrí la parte posterior del altar, Nadie. Corrí hasta la puerta: estaba cerrada, si alguien la hubiera jalado se habría escuchado el chirrido de las bisagras al mover la pesada mole. Nadie. Entonces mi cabeza se abrumó. Lourdes corrió a mi lado, me tomó de las manos, y me miró a los ojos:

— ¿Qué pasa, Esteban?
—Nada —dije totalmente confundido y perplejo.
— ¿Con quién hablabas? —volvió a preguntarme Lourdes con cierto nerviosismo ahora palpable en el hilo fino de su voz.
—Pues... con la chica de los pírsines...

Lourdes echó a reír.

—Esteban, cuando te miré hablabas solo. No me viste, pero en un momento dado dejé de rezar y hablabas solo ¿Estás bien?
—Supongo —dije muy confundido. Te juro que era ella, Lourdes. Te lo juro.

Lourdes frunció en entrecejo y me abrazó inmediatamente. Podía sentir cómo los latidos de su corazón demostraban que sentía miedo ante mi confusión. La abracé. Necesitaba hacerlo. Increíblemente me había sobrevenido un miedo repentino. Alcé la vista hacia los vitrales del techo. Una imagen de Jesús flotando entre ángeles me observaba desde lo alto. ¿Por qué no?, me dije en susurros... ¿Por qué no?...


(Continuará en un próximo capítulo...)

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Saint-Exupéry (treinta y cinco)



TREINTA y CINCO


Mientras el anciano avanzaba en dirección al comedor ambas mujeres lo seguían por detrás, guiadas por el andar del viejo pero sin pensamiento alguno en sus mentes. Avanzaron despacio. La mujer gorda cerró la puerta tras de sí, fue la última en ingresar a la casa. Al llegar al comedor Lourdes se detuvo en seco. El anciano hizo un gesto de que tomaran asiento, e inmediatamente cayó en la cuenta que también Esteban estaba en la habitación. La mirada de Lourdes y Esteban se cruzaron instantáneamente y así, tal como la hipnosis de ambas miradas los mantenía conectados, sus pensamientos individuales los pasearon a cada uno por aquellos días en los que se habían conocido. La mujer gorda y el anciano observaban la escena sin comprender. El anciano alzó la voz y habló, pero nadie pareció escuchar. La mujer gorda seguía observando la escena y se preguntaba qué estaría sucediendo. Enseguida reconoció a Esteban y cayó en la cuenta de que era ese mismo muchacho amable que había charlado con ella días atrás.
—¿Se conocen? —dijo el anciano alzando aún más su voz.
Entonces ambos jóvenes asintieron con la cabeza, e inmediatamente sonrieron. Lourdes acercó una de las sillas al lado de Esteban, se sentó, lo tomó de la mano y lo besó suavemente en la mejilla. Aquel beso tenía un dejo de dulzura y cariño que sorprendió a todos en la habitación.
—Pues ¿por qué no nos informan de cómo se conocen? —interrumpió la mujer gorda mientras también carraspeaba como intentando romper aquella conexión que los jóvenes mantenían entre sí.
—Parece que se conocen, y mucho -dijo el anciano a la mujer gorda mientras le sonreía.
—Pasa cada cosa rara últimamente.
—La verdad que sí, señora. A mí también me han pasado cosas muy raras estos días. Desde la llegada casual de Esteban hasta encontrarme con ustedes y el tema de la fotografía.
Entonces Esteban pareció salir del hechizo, y sin soltar la mano de Lourdes, preguntó:
—¿Qué fotografía?
Lourdes nerviosamente miró a todos en la habitación, y finalmente detuvo nuevamente la mirada en Esteban.
—Una fotografía que encontramos en un hotel en donde mi padre vacacionaba —respondió Lourdes. Estaba detrás de una vieja radio. La fotografía tenía la dirección de esta casa. Pero... ¿qué haces tú aquí?
—Lo mismo me estoy preguntando yo, Lourdes.
—Todo parece un gran enredo —dijo la mujer gorda.
—Pero tal vez no lo sea tanto —intervino el anciano. La fotografía que me acabas de mostrar, el hombre de la fotografía, lo conozco. En realidad lo conocí durante mi juventud. Pero a la mujer que está a su lado no. No sé quién es ella.
—O sea que usted conoció a mi padre —afirmó Lourdes. Eso indica que estoy avanzando en la búsqueda de mi pasado.
—Así es —repuso la mujer gorda.
—¿Tú pasado?, ¿qué pasa con tú pasado? —preguntó Esteban mientras sonreía al observar el tatuaje de «El Principito» que Lourdes llevaba en su antebrazo.
—Es que me he encontrado con la gran sorpresa que mi padre ha llevado una doble vida. Ha tenido otra familia, al menos eso creo por la evidencia, y con ella —dijo señalando a la mujer gorda— que es mi compañera de viaje me he propuesto desentramar mi verdadero pasado. Todo lo que he investigado y he sabido sobre la doble vida de mi padre me ha traído a esta ciudad, como si todo hubiese empezado aquí, o en algún momento en este lugar hubieran pasado cosas importantes en su vida. La fotografía que encontré realmente me sorprendió. Jamás hubiera imaginado que mi padre tuviera otra mujer, y además un hijo.
—¿Un hijo? -preguntó Esteban.
—Sí, un supuesto hijo que sería mi supuesto hermano.
En ese instante todos callaron al mismo tiempo. Se hizo un silencio casi sepulcral en el recinto y las miradas iban y venían en todas direcciones cargadas de interrogación y sorpresa. Tanto Esteban como Lourdes parecían estar sumidos en una confusión que los mantenía en un plano distinto al del anciano y la mujer gorda. Sin embargo, en el anciano había ciertos destellos de entendimiento, un aura de claridad mental que hacía pensar que aquel hombre lentamente ataba cabos y empezaba a interpretar mejor aquella compleja situación que sucedía en su casa.
—¿Te gusta la casa? -preguntó el anciano a Lourdes, rompiendo así el silencio.
—Me encanta. Adoro ese jardín, sus plantas, la paz que hay en este sitio.
—Es lindo, ¿verdad?
—Sí, muy lindo. Quedé maravillada apenas la vi. No pude contenerme de la emoción y me aferré a la reja, y miraba tras de ella, como si fuera una posesa.
—Siempre he pensado que esta casa tiene algo especial. Me imagino que para sus antiguos dueños también era así... ¿qué opinas, Esteban? —dijo el viejo.
Esteban sobresaltado por la pregunta sonrió rápidamente y asintió con la cabeza:
—Sí, claro... me imagino que mis abuelos y mi madre fueron muy felices aquí.
—¿Tú madre?, ¿tus abuelos?, ¿no me digas que ellos vivieron aquí? —preguntó Lourdes.
—Sí, así es, y me enteré por estos días, al hablar con éste señor —dijo Esteban señalando con su dedo al anciano-. Él me ha contado parte de una historia de mi vida que también ha quedado un poco inconclusa, o mejor dicho, que jamás conocí.
—Somos dos entonces los que estamos a la deriva —dijo Lourdes sonriendo.
—Así parece —acotó Esteban.
A todo esto la mujer gorda preguntó al anciano si podían tomar mate, pues no habían desayunado. Entonces el viejo mientras asentía invitaba a la mujer gorda a pasar a la cocina.
Una vez solos, Lourdes y Esteban volvieron a cruzar la misma mirada que se sostuvieron al principio. Se volvieron a esfumar las palabras y se contemplaron sonrientes durante un rato. Lourdes no había soltado en ningún momento la mano de Esteban y aquello le pareció algo extraño pero a la vez cálido y tierno. No sentía la sensación de atracción hacia un hombre, sino hacia una persona que conocía mucho y extrañaba a horrores.
—¿Sabes que mi viaje se inició con tú búsqueda? —dijo Lourdes.
—¿Me buscabas?
—Sí. Todo empezó con ciertos sueños que tuve hace unos meses atrás. Sueños en donde te me aparecías y me hablabas. Sensaciones nocturnas de angustia y necesidad de encontrarte y saber de ti. Pero no sé por qué me sucedía eso. No puedo explicarlo. Y aunque me da un poco de pudor contártelo, es la pura verdad -dijo mientras sus mejillas se sonrojaban y apretaba fuertemente la mano que mantenía apresada a Esteban. Ahora que te he visto mi cabeza es una confusión total. En el camino, mientras comenzaba a buscarte, me he encontrado con esta novedad sobre mi padre y su doble vida, sobre una esposa que supuestamente amaba además de mi madre, y sobre un hermano que no conozco. Todo eso me ha hecho jirones el corazón. Hubo noches que he llorado amargamente contra la almohada. Pero no he claudicado. Gracias a esta buena mujer que se hizo compañera incansable y fiel a mi lado, me he abocado a descubrir toda la verdad. Necesito saber la verdad. Necesito encontrar las piezas del rompecabezas que mi padre fue desperdigando a lo largo de su vida por distintos lugares.
Entonces Esteban la abrazó y Lourdes rompió en llanto, sereno, sentido y profundo, sobre su hombro.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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